No me caben más domingos

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En voz baja, me leo hacia atrás y entiendo por qué no me entraban más domingos, hasta que logramos convertirlos tras dos años bastante trabajados, bastante espontáneos. Quiero que sepas que, por primera vez, alcé la voz y leí esto frente a desconocidos.

Era de día, el olor a vino olía a reposo y seguíamos en ese departamento extraño, manteniendo discusiones sinsentido con desconocidos. A ti tampoco te conocía, pero estabas bajo esas circunstancias conmigo, no con el resto de los anónimos. Porque, bajo esas circunstancias, lo eran: te reto a que me digas el nombre de alguno. Fueron tus arranques de niño despreocupado los que me llamaron la atención desde el principio, los que te pusieron una marca distintiva en mi cabeza. La comisura gatuna de tu boca es un tema que hoy no viene al caso. Me gustó que desdibujaras las situaciones para vivir tranquilo. Desdibujaste todo y, sin conocerme, estabas conmigo sumergido en la extrañeza que provocaba ese departamento, esas caras que, hasta el día de hoy, somos incapaces de recrear en nuestros dibujos imaginarios.

A mí, lo niña se me escapó entre sábados y domingos, aunque me atrevería a afirmar que fui más de domingos. Los domingos convertían todo, daba lo mismo el día en curso: yo por completa era un montón de domingos comprimidos que cabían apenas en un cuerpo tan pequeño. Fue allí donde empezaron mis problemas con la noción lineal del tiempo y con las ansias de vivir el momento únicamente porque se convertiría en nostalgia. Aferrarme a las nostalgias era tremendo consuelo para una cabeza tan revuelta, considerando los pocos años de uso que llevaba encima. Sentarme a recordar me entusiasmaba y entrecortaba el sueño. Sigo sin poder retomarlo.

A los siete años, descubrí que era estrictamente necesario decantar mis intensidades de un modo complementario a la vieja técnica de sentarme a recordar. Así que al recuerdo le siguió la escritura. Siempre fue veloz. Cuando descubrí que la velocidad vertiginosa de mis pensamientos era la gran culpable de mis tantas torpezas, empecé a desconfiar de mí. Supongo que no soy únicamente extensiones de infancia: a lo niña-domingos se le sumaron los miedos.

Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón

Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglo.

Siglos después, durante esa tan excedida como extensa borrachera, el desconocido de turno me dijo: publica. Intenté responder, pero él me interrumpió: publica. Nunca me había leído y eso daba lo mismo. A propósito de nuncas, había llegado incluso al punto de prometerme a mí misma nunca publicar un poema. Al día siguiente, volví a mi casa a poner en circulación el primer poema escrito de adulta, tal como hacía antaño, antes del tan terrible miedo al juicio. Nos sucede a los torpes conscientes de nuestra torpeza cuando nos vemos expuestos. Permití que una delgada capa de domingos envolviera mis desastres, la sentí tibia. Me dejé arrastrar y pisotear hasta que entré en calor. Una vez más, dejé de dormir. Escribí tanto, tan rápido, que no fue inmediato el descubrimiento de un desconocido habitando mi cama. Se apoderó de ella para pasar todos los días por domingo, todos domingos porque así se nos extiende la infancia desarmada; que olvidamos a trancos dormidos y revivimos a través de la inmensidad de una nostalgia enfermiza.

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Verborrea proliferante

No hables de más.

Prudencia, me alegaron.

Que hablaba mucho, que no era correcto que se viera cómo se me desbordaban las palabras, cómo salían de todos lados. Qué asco, mira cómo se te ven las palabras cayendo, lo que el cuerpo excreta déjalo en el baño. Tápalo. Desodorante, ropa, silencio.

Es que incomoda, no te olvides de lo que podrían pensar de ti.

Devuelve la marcha y pon todas esas palabras otra vez en su lugar en un ritual de arrepentimiento público, tan público como ellas, que se escapan por todas partes. Aprende a autocontrolarte, nosotros te podemos enseñar. Controlándote. No sabía yo que te quedaba tanto cuerpo. Que el arrepentimiento litúrgico suene más fuerte, que ya sabes lo que piensan cuando las palabras son más de lo que pueden abordar,

o quédate quieta y afírmalas con lo que te quede completo, útil, un poco de inteligencia, de discreción. Prudencia.

(No puedo creer que haya personas que se llamen así. No entiendo la virtud homérica de la Odisea).

O también puedes tomarlas e irte.

O puedo tomarlas e irte a ti, te dije, porque no entendías. Lo dije tranquila porque qué ofensa podría haber considerando tus limitaciones.

Pero yo sí te entiendo, te entiendo tanto que quiero cuidarte incitándote al, por fin, silencio. Control.

Que no te extrañe que además de hablar, necesite escribir, porque nunca me bastó con molestar de una sola forma o una sola vez.

Encadeno y prolifero.

El autocuestionamiento se comparte

Y esto,

(todo esto, esta cosa amorfa, lo que sea que esté pasando, todo esto que pasa al mismo tiempo, esto que NOS pasa, pues lo hemos vivido, pues somos testigos, pues nos atraviesa, pues desdibuja, pues nos sienta otra vez alrededor de la mesa de piedra para conversar al ritmo del pensamiento)

¿Va a funcionar?

¿Qué significa para nos que funcione?, ¿le funcionaría eso a l^s demás?

La pregunta podría ser más bien: ¿desembocará?

Pero es pésima elección. Porque claro que sí, claro que tiene que pasar algo después de todo lo que pasa ahora. Es inadmisible la ausencia de efectos.

De efectos, de afectos que nos lloverán encima, que nos sentarán otra tarde a conversar cómo fue que la infinidad de divagaciones, que comentamos con un entusiasmo ingenuo porque íbamos conociendo a tantas personas que también dirigían su pensamiento hacia allá, cómo chucha fue que todo terminó así. Con todo esto pasando.

Es que la tergiversación, el mal uso, la tecnología, el filtro que tenemos por privilegio, las letras que bailan por la misma razón, la cabeza que se dispara por ninguna, la víctima, el poder abstracto, el poder abstracto concretándose en individuos que son víctimas pero no….

¿Quiénes somos para declararnos capaces de enseñar?

Es que agota, pero hay que, pero ¿acaso estamos declarando la superioridad de nuestras ideas cuando decimos que hay que enseñarlas?

¿Cómo se debería educar?

Me gustaría poder responderte si es bueno o si es malo esto que pasa, pero qué dificil es ser tajante ahora, que apenas comprendo esas categorías.

Me gustaría que te atrevieras con la primera intuición y la usaras para responderme qué es lo que va a pasar ahora.

Creo que lo dijiste, y creo que no me atreví a pensar más. Se me quedó la mente en dos puntos fijos, en esos dos puntos de repetición eterna, enfriándose sobre el asiento de piedra.

Corriente de consciencia abierta al acosador insignificante

Cuando te sumas en esa profunda espiritualidad, cuando dices
HAY QUE MATAR AL EGO Y KEDENTREN LA CALMA Y EL AMOR ZIIII KE TODO FLULLA I NADA INFLULLA ERMANO SIERRA LOS OJOS Y ENTREGATE A LAS MUZAZ A LA DIVINIDAD AL BOSKEEEEEEE

….puedo entender que no consideras
¡Que ni siquiera se te ha pasado por la cabeza! Porque es como si escogieras tus pensamientos con pinzas para no descubrir el monstruo que eres, entonces hay que tener un cuidado milimétrico porque lo eres en todas tus aristas, porque eres incapaz de ver una cuarta fuera de tu tercer ojo inventado otras realidades, porque llevas doscientos años de aparición y repetición y todavía no has comprendido ni siquiera el propio, el propio ego me refiero, porque tú te liberaste de todo y eres más sabio que los demás, ¿cierto? Porque en tus divagaciones de mierda vuelves a concluir que lo que quieres, lo que quieres decir, lo que te quieres acercar, es más importante que lo que te dice tu interlocutor. Interlocutora, en este caso, que te dijo: ÁNDATE DE AQUÍ, SACO DE GÜEAS, NO VUELVAS A OBLIGARME A SABER DE TI.

Puedo entender que no consideras, entonces, las innumerables veces que te acercaste a la fuerza, porque te saqué de todos los lugares de los que te pude sacar, porque lo único que conozco de ti es que me persigues, acosas, hostigas, molestas,
porque me sigues, porque eres acosador, porque no te detienes y porque decirte molesto sería hacerte groso favor.

Claro, porque ahí lo importante eres tú, el ego inmenso es el mío, ciega mujer escéptica, que no me permite bajar la guardia de niñita caprichosa que te añora en secreto y en el fondo quiere que entres a su vida a como dé lugar, ser iluminado con linterna de llavero, pelotudo,
una vida de la que se te expulsó también innumerables veces porque, simple y tajantemente, no eres parte de ella. Porque nunca lo fuiste, porque no quiere que lo seas, porque tú me importas una mierda y lo único que me importa de ti es tu acoso esquizofrénico proveniente de una enfermedad mundial llamada figura del padre
Sabemos a lo que me refiero, ¿no?
¿Patriarcal yo, oh, ser espiritual evolucionado?
VO, GIL CONCHETUMARE
porque es lo que te hace creer que lo tuyo no es ego, que lo tuyo es derecho, que puedes seguir buscándome después de años en los que perdí tantísimo tiempo explicándote que me vales pico.
A veces me pregunto cómo una mente tan elevada como la tuya no puede entender que no lo quieren, con lo fácil que no es no quererte.
Años, conchetumadre, años: y sigues igual de imbécil que siempre.

Supongo que la espiritualidad barata no lleva a ninguna parte –consejo, pueden considerarlo uno— cuando eres incapaz de entender los mensajes explícitos que delimitan un margen: ALÉJATE, por ejemplo, no tiene doble sentido, y NO ME VUELVAS A ESCRIBIR, tampoco; no aquí, cero sentido, porque nunca te quise cerca y te pasarías de nublado si quisieras entenderlo de otra forma.

Así que agarra tu hippismo de mierda, tonto culiao, y transfórmalo hasta que tengas una visión interesante, importante, trascendental, de esas que te dicen
DEJA DE MOLESTAR, COCHINO, ALLÁ NADIE TE QUIERE Y AQUÍ TAMPOCO
O te obligaré a dejar de hacerlo.
Porque tengo el derecho de mantenerte tan lejos como guste, porque esto no se trata de que yo esté tan cerca de ti como gustes, porque tu violencia me la meto por la raja y a vo te witreo encima si me vuelves a buscar en persona, porque sí, güeón, los dos sabemos que no fue coincidencia que llegaras al lugar donde dijeron que iba a estar; los límites son tan simples que no los entiendes porque lo tuyo es la complejidad, sí señor, o tal vez porque no conforman los tuyos, porque no entiendes nada que no seas tú y al parecer eso tampoco, sí, ESO: te transformaste en objeto nefasto, cosa fea, zumbido molesto, gotera, ronquido con halitosis, es tan simple como decirte, a ver si así entiendes, que prefiero mi síndrome pre menstrual
Que prefiero el zumbido, la gotera, el ronquido, la hediondez, bocinazos infinitos
que tener que leer otra vez esos escritos armados con clichés de la India que me diriges, con una nostalgia que no existe porque nunca estuviste aquí, entiende esa güeá mierda, lo único que hicimos fue ver un documental hace más de diez años, muchísimo más de diez años, TU NOSTALGIA CONMIGO NO EXISTE.
Lo único que existe de ti en mí,
Se llama
Acoso.
Internaliza y espiritualiza eso.

YO SOY UN ACOSADOR será tu nuevo mantra.

Y esperemos que seas rápido por primera vez en tu vida,
porque mientas más aumentas tus medidas para creer que me viviste de alguna forma, que somos-fuimos vaya a saber qué en tu abstracción forzada, y que por lo mismo debes y puedes buscarme a tu antojo,
entonces más aumento yo las mías para minimizarte, ridiculizarte, encargarme a toda costa de que te mantengas tan fuera como siempre te quise.
VIL
SAPO
DE
MIERDA.

La mismísima.

De afuera hacia adentro y no viceversa.

Temo seguir aburriéndo(me) día a día  (de mí); pero me niego a vivir una vida que no sea exclusivamente  (la mía). Desde afuera llueve siempre; llueve con fuerza, siempre hacia adentro. Y yo me empapo con facilidad. Y me descubro en el nado.

En algún punto del reposo vuelvo a ser, también. A veces, eso sí, pero igual, igual sí, aunque toma tanto tiempo que al final aprendo por cansancio. Meses flotando y la espalda cruje, y preferiría haber nadado. 

Supongo que no todo el tiempo estamos dispuest^s a sumergirnos con sinceridad cuando se trata de nuestros propios adentros. Es complejo, sobre todo cuando entendimos que lo hacemos solo para volver a entender que lo de afuera hacia adentro también somos nosotr^s. Prefiero entrar haciéndome la lesa.

-Hola, con permiso. ¡Qué fuerte que lluevo afuera!

Fraccionar tiempos

Tu olor. Tu sal. Lo dulce. Cada vez que te despierto: dulce.
A veces, temo por el tiempo cuando lo veo transcurrir en los demás. Temo que nuestra ambición de tiempo, que su absorción alienada, acabe con nosotros. Como si el tiempo fuera en nosotros lo mismo que en los demás. Nos recapitulo, huelo, te saboreo y sonrío. Porque de que no, de que nosotros así no, tengo la certeza. Y el tiempo entra suavecito por la ventana abierta de verano, y se desliza sin aires de amenaza.

Mirarnos hacia atrás -ahora que podemos- y que nuestros cuerpos se junten en un punto determinado del movimiento, delicado pero seguro, me devuelve  la sensación de imposibilidad para hablar sobre ello. No-nombrar, no-definir. Y me cuestiono qué hago intentando justamente lo contrario por este medio. Supongo que tiene que ver con mi obsesión con el tiempo y con la necesidad de recordar.

Un punto de impulso fue el día en el que te pude empezar a recordar. Te convertiste en parte de mi nostalgia estando a mi lado. Y de igual forma te recordaré tras algunas noches: dormido, atrapando una de mis piernas mientras escribo.

No dejas de estar: detrás, al lado y delante. Y así está bien, y que así siga. De todas formas, ¿quién dice que el tiempo se fracciona en pasado, presente y futuro? Y ahí es donde ya no se puede nombrar, aunque sé con seguridad absoluta que habitas espacios mucho menos convencionales. ¿Quién dice que no hay escape aparente, si tu existencia por sí sola tanto como tu existencia en mí demuestran todo lo contrario?, ¿si hace tanto ya me había convencido de que nadie podía encontrarse bajo, dentro y por sobre esta realidad que nos pintan como compuesta por normas?

Me invitas todos los tiempos a vivir una vida-otra dentro de la que ya tengo. 

Hoy, te volteaste en sueños -siempre en sueños- y tu cara, tu carita hermosa, quedó hacia mi lado. Acomodé el mechón de pelo que reposaba húmedo de sudor sobre tu frente. Intentaste abrir los ojos, pero la luz de la lámpara sobre mi velador te molestaba. Con los ojos cerrados, sonreíste un “me haces feliz”. Esa sonrisa tuya, tan tuya,  para mí,  a sabiendas de quién soy, teniéndome tan en claro. Te sonreí sin que me vieras. Y lloré sobre mi sonrisa. 

Lista de reproducción

Las canciones enumeradas hace dos veranos evidencian que los gustos son lo único en mí que se mantienen inamovibles. El hecho es que que la lista no es la última. No sé qué tanto de nostalgia genuina haya en esto. Fue un período extraño, por lo bajo. Pero escucho en orden y atenta, sin la más mínima intención de alterar el proceso de recuerdo.

Hizo mucho calor. Fue el principio de mi primera etapa en soledad absoluta: tuve el pelo naranjo, tuve el pelo fucsia, tuve el pelo turquesa. La verdad es que me las ingenié para evitar la soledad en primera instancia: busqué cariños que no se repitieran, noches únicas con personas que, en su mayoría, no me importaban. O tal vez un poco, muy poco, nunca en detalle. Las que importaban se alejaron por su cuenta: me equivoqué tanto como muchas de ellas se equivocaron conmigo. Dejé de perder el tiempo preocupándome por eso. Lo conseguía. Excepto una que otra noche, cuando el camino más seguro era derrumbarse para que al otro día dejara de significar. La desgracia nunca fue tanta, pero las carencias eran muchas si las pienso desde aquí, ahora. Rellené como pude. 

Poco a poco, me asumí sola, así como la transitoriedad de algunas personas. De lo humano. Confieso que no confié más hasta que el llanto se me fue del cuerpo por cansancio, se aburrió de mí. Se atoró, por ahí. Nunca supe bien dónde descansó por tanto tiempo. Una que otra vez llené la tina a una hora poco prudente de la que nadie se preocuparía y que a mí nunca me preocupó, y la vacié y repleté hasta que la piel blanda me hacía sentir que había logrado librarme del fracaso impregnado. A veces, me simpatizaba a mí misma. Y comencé a escribir, y tuve la necesidad de alterar esa lista de reproducción tan alegre: densidad, lentitud. Lentitud dentro de mis parámetros, claro. Con todas las sustancias que me permitía el miedo consumir en paralelo, buscaba mantener en mí el efecto contrario: rápida, inagotable, espaciosa.

Y a propósito de relleno, rellenar las soledades de los demás nunca me molestó. Hubo veces, ridículas veces, en que llegué a sentirlo como un privilegio. A mi favor, puedo decir que cumplí bien el rol de momentánea y fugaz, supongo que la razón es que no puedo alejarme de la intensidad. Casi en la misma línea de argumento, el vino también fue mucho. Así como los acercamientos que parecían promesas. Y las estadías que permitieron cumplirlas: obtuve pocas y hermosas amistades.

Letargo.

De pronto, letargo.

Me encontraste a su salida. Si logré ser es porque ya no contengo, porque la densidad no es lo mío, no lo es para nadie que necesite externalizar tanto. A veces, pienso que es por eso que olvido. Recuerdo lo que sentí, nunca las circunstancias reales; invoco sensaciones y borro caras. Es uno de los pocos lugares en los que me admiro. Los sufrimientos invocados se acercaron suaves, con su ternura epicéntrica. Mis períodos han sido todos lindos, y en todos he querido morir, pronto, por favor. Parezco una burla. En definitiva, prefiero la profundidad de mis penas, a las que entiendo, que la de mis furias, a las que me niego a entender.

Hoy, la rabia me envolvió; por supuesto, no me lo explico, así que sumémosle la rabia por mí misma. Duermes abrazándome la cintura mientras escribo. Ya no es letargo, ahora es calma. La canción corresponde a otro período, la lloré en otro hogar, con la mitad de años, con el mundo aplastándome. No entendía la pena ni su incómoda estadía. Se repitió en los momentos más diversos. Fueron contadas las veces en que coincidió con su protagonista original, así que dejó de serlo y la canción quedó para mí, para siempre, limpia e imposible de llenar al mismo tiempo.

Si quiero que pasen veranos es porque ansío la mirada retrospectiva; porque si de períodos hablo y en períodos divido, este es el único que ha logrado conmocionarme. Necesita su propio orden de canciones; necesita que tan sólo se realce a futuro su particularidad dulce, de abrazos, de externalización compleja, de la que duele, de la que duele y me enseñas a acariciar para que, sin importar soledades, ningún otro calor sea experiencia de repetición. Porque no vale la vida, porque nos conformamos en la novedad, porque un alguien y un^ mism^ siempre será sorpresa. Porque no todas las canciones captan historias nuevas, pero tampoco todas se conforman narrando la misma. Porque los vacíos, al fin y al cabo, no son siempre terribles, porque muchas veces hay que completar el círculo de la densidad y punto: no queda otra.

Me quedé lista en blanco. Y esto ya no es relleno, es caricia, y bajo esos términos la elección deja de ser tal, y esperar cuesta tanto, y esperar algo esporádico es estúpido: si se espera es porque nada tiene de esporádico. Y quiero que lo sea, así que hago como que no espero pero no me creo; no me creo porque, de una forma u otra, me acostumbré a despertar siempre en una búsqueda inconsciente de incertidumbres.